Como entiendo que tres dosis al día de 600 miligramos de ibuprofeno mezclado con pregabalin (o con su nombre comercial Lyrica) es lo único que me quita el dolor, pero así mismo me puede perforar el estomago o el hígado (o las dos cosas), me he ido haciendo a la idea de que debo volver a la vieja táctica de "aprender a tolerarme a mí misma", hasta que ya no pueda más.
Déjenme decirles que no hay santos. Lo comento aquí, porque para eso es este espacio, y además porque sé que hay muchos que como yo viven en permanente dolor, muchas veces en peores condiciones. Al menos yo me fuerzo a moverme sin mucha queja, y lo que amo hacer me mantiene digamos que bastante activa, por el compromiso que sugiere el ser un ente creativo y un comunicador. Pero eso no quiere decir que de veras me duela, coño.
Intentaré ilustrarlo, como al fin logré ilustrar la fatiga incomprensible de mis piernas. Este dolor es... una locura sin remedio, y una sensación de estarse muriendo, hasta con remedio. Especialmente las coyunturas de mis hombros y mis caderas se sienten como si les hubiesen instalado un tornillo enorme con un torniquete, y cada vez que me muevo algo da vueltas al torniquete para que el tornillo llegue más profundo. Por supuesto estoy consciente de que mi peso es un punto en contra (y un punto bastante grande), pero eso ya lo estoy intentando solucionar, cosa que tampoco me garantiza mejoras. O sea, "palos si bogas y si no bogas palos". Así estoy ahora, aunque no puedo permanecer de pié por más de cinco o diez minutos sin perder el balance, aún camino con asistencia de un andador. El fin es bajar no menos de 80 libras (de mis 276), dejar el andador y luego seguir hasta ni siquiera necesitar de una silla para desplazarme.

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