Había esperado tres meses desde que salí de mi última hopitalización por un brote, para visitar a mi neurólogo. Me sentía muy bien, la silla eléctrica se había malogrado (aún lo está), así que tomé con calma el asunto.
Cuando me vió llegar, comenzó a reírse.
Siempre se ríe, porque sabe que no importa que me duelan hasta las pestañas, voy a llegar a la oficina caminando. Desde que me diagnosticó la esclerosis múltiple hace algunos 13 años, para él sigo siendo "un caso raro". ¡Se ha quedado esperando que me pase lo que a todos! No lloré ni me desesperé por el diagnóstico... ¡ni siquiera me sorprendí! Luego puse manos a la obra buscando información y grupos de apoyo, comenzé mi rutina de ejercicios, y aprendí a manejar mis dificultades lo mejor que pude.
Hubo (y aún hoy la hay) mucha frustración y rabia, pero eso también se aprende a canalizar, para utilizar la energía de manera provechosa.
No hace mucho me decía que no entendía cómo, con todos los conflictos que vivo constantemente, y además con la obesidad que padezco, aún podía moverme y caminar con bastante facilidad. Utilizo un andador, claro, pero logro transportar toda mi voluminosa humanidad a donde quiero. No me canso de repetir que a mí "nada ni nadie va a matarme a pellizcos".

Bueno, de vuelta a la visita al médico...
Resulta que la última tomografía tomada (junto a mi mejoría evidente), muestra una "remisión" de la enfermedad. Algunas de las más pequeñas lesiones o cicatrizes en mi cerebro han desparecido y claro, mi condición física muestra un avance extraordinario. De no haber ido a ver al Doctor, ni me hubiese enterado, pues me he estado ocupando de otras cosas que apenas me dejan tiempo para pensar en cómo me siento.
Estoy convencida que estar ejercitando mi memoria, aprendiendo cosas nuevas y leyendo más, ha contribuído a este inesperado (para muchos incomprensible) retroceso de la em.
Veremos qué pasa. Por lo pronto, sigo luchando con mi insomnio e intentando terminar proyectos que quedaron a medio hacer hace mucho.
Ya les contaré.