Después de duros meses de trabajo, acabo de terminar nueve pinturas.
Entre ellas dos de la serie "Caseríos", dos de la serie "Ventanas", dos de la serie "Flamboyancitos", "Retrato de Lemuel dormido" y dos de la serie "El Charco".
Aun están en proceso varias de las más grandes, que son "Atardecer de Playa", dos piezas de la serie "El Charco", "Paisaje con burro y perro" -óleo, "Bodegón" -óleo, "Flamboyán" -óleo, tres de la serie "Ventanas", un díptico de la serie "Caseríos", otros de la serie "El rostro de todos": "Magdalena", "Pérdidas colaterales", "Dama Libertad", "Arlequín con muñeca rota" y "Payaso con títeres". Luego los paisajes...
La verdad es que al comienzo, la planificación no me parece ambiciosa, pero luego el tiempo se hace largo. Como si no rindiera. No importa las horas que dedique al trabajo, pareciera que no voy a terminar.
Bueno, son muchos los factores que no contribuyen a que se haga más llevadero el asunto. Para empezar, no me estoy levantando tan temprano como acostumbraba. Tampoco he seguido la buena costumbre de comenzar a pintar ANTES de encender el ordenador.
Para acabarla de fastidiar, mi ayuda llega a eso de las nueve y no para de hablar hasta que termina sus labores. Muchas veces intento no hacerle caso, pero entonces llega gente a por ayuda en solicitudes, alguna traducción, llamada telefónica o cita médica... En fin que se llena el día y cuando me doy cuenta ya estoy agotada.
Por supuesto que mi sueño vespertino es obligatorio, pero aún así, siempre el timbre de la puerta o el teléfono.
Por lo menos la urgencia de escribir llega y alguna vez nace un poema.
El real problema es esta devastadora fatiga que no me abandona, ni me permite pensar organizadamente sin tener que forzarme a concentrarme.
Igualmente pasa cuando quiero leer, terminar algún dibujo o caricatura, o simplemente ver mi programa favorito de cocina.
¡Carajo, que difícil se me hace! Ya sea por el cansancio o el dolor en mis ojos... ¡Quizás el puñetero timbre de la puerta!

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