Todo ha quedado "patas arriba", sin la menor esperanza de que pueda arreglar. Lo más raro es que no nos reunimos con otros. Yo la pasé viendo películas y mi hija salió con el padre a casa de la tía, de donde me trajeron comida.
No quiero imaginarme cómo hubiese quedado mi casa de haber tenido visitas.
Claro, como ya hay cosas que no puedo hacer por mí misma, me mortifico, me enojo y me reviento intentando que los demás colaboren.
Luego de 13 años de mi diagnóstico, siguen ignorando la situación, y eso me enferma realmente. Me pongo de un humor de los mil demonios (cosa que no es común en mí), discuto, hablo, exijo... y hasta grito, pero es igual que nada. Los libros siguen sobre el sofá de la sala, algún zapato en la esquina, la mesa del comedor llena de correo de tres días, vasos usados, papeles... ¡qué sé yo!
Nunca he estado acostumbrada a vivir en desorden.
¡Nunca me acostumbraré!
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